METAMORFISMO
El diccionario define metamorfismo como la “Transformación natural ocurrida en un mineral o en una roca después de su consolidación primitiva”. Con esta definición nos podemos quedar como primer punto de aproximación al trabajo artístico de Pousseu, ya consolidado desde hace muchos años como creador, excediendo ampliamente la condición de pintor, al devenir su creatividad por territorios como los de la escultura, el diseño o la arquitectura, y detenernos en ese proceso de transformación, de evolución de unas señas de identidad que siempre estarán presentes pero a las que la experiencia y el conocimiento van modelando en una suerte de proceso natural.
Las diferentes series en las que Pousseu trabaja, en lo que es una conquista diaria por enfrentarse al reto de crear, pero también al de conocerse a uno mismo, le lleva a generar diferentes discursos, a mostrar caminos de expresión independientes entre sí en una premeditada anulación del estilo que otros creadores se empeñan en tener como si ello fuese la tabla de salvación de su arte. “Mi estilo es no tenerlo”, repite nuestro protagonista entre serie y serie, alentando esa necesidad, y casi obligación del artista, por ganar nuevas batallas frente al soporte. Y digo soporte, huyendo del tradicional lienzo, porque Pousseu, comienza ese combate desde la propia superficie de trabajo, no sólo lienzo, sino tablas o cartones, con los que lleva experimentando desde hace un tiempo con unos resultados fascinantes y llenos de posibilidades.
Sus Árboles líquenes, los Reflejos mágicos, los Cartones, los Momentos líricos o sus Horizontes poéticos vertebran un discurso artístico en el que el valor de lo plástico es lo que sostiene de manera firme cada una de esas series. La mímesis de la naturaleza, representada de una manera esquemática pero con una gran potencia visual, en la que el fragmento sintetiza el todo, hace de esos árboles o de esos horizontes una concreción que no deja de maravillarnos por la limpieza de su ejecución, por ese latir de lo plástico que convierte la superficie de la obra en un territorio para la belleza. Ésta multiplicará sus posibilidades en piezas más complejas, en las que la lectura de la realidad, las leyendas, los paisajes o las experiencias vitales confluyen para sugerir esos reflejos mágicos, hibridaciones de lo real y lo irreal, en los que se condensa toda una existencia que hace de la pintura un diario vital.

Ramón Rozas